Dejar morir a internet. Eso pide Miles Klee en un ensayo que WIRED publicó el 28 de octubre, y lo anuncia sin rodeos desde el propio título: Please Let the Internet Die. No es un berrinche contra las pantallas. Es un diagnóstico con sentencia: esta versión de la red, la que se usa a diario en 2026, ya no tiene arreglo y toca empezar de nuevo.
Klee abre su texto con una imagen de eutanasia digital: a internet hay que sacarla de su miseria de una vez. De acuerdo con el ensayo, cualquier observador racional admite ya que la web actual, y el tejido social que se formó dentro de ella, no es lo que la gente firmó al conectarse. Los síntomas de una decadencia cultural avanzada llegaron a un punto en que resulta imposible seguir ignorándolos. La cosa, escribe el autor, se está comiendo a sí misma.
El expediente que arma Miles Klee
La evidencia que reúne no es menor. Meta y Google han tenido que cerrar demandas colectivas enormes de consumidores, con acusaciones de violaciones de privacidad y de daños a la salud mental atribuidos a los mecanismos adictivos de sus plataformas. Las escuelas prohíben los teléfonos inteligentes en el aula y varios países avanzan con restricciones de redes sociales para menores de 16 años. Cuando tribunales, reguladores y directores de escuela empujan en la misma dirección, anota Klee, la discusión dejó de ser un malestar de foro.
La palabra del año remata el cuadro. La Oxford University Press escogió «rage bait», el cebo de ira: contenido fabricado para provocar enojo y cosechar reacciones. El ensayo recoge el dato que dio la propia institución, el uso del término se triplicó en apenas doce meses. Que el vocabulario de estos tiempos necesite una palabra oficial para nombrar la trampa emocional de cada día dice bastante del aire que se respira dentro de la red.
La inteligencia artificial como motor de basura
El segundo frente del ensayo es la inteligencia artificial generativa. Klee la describe con una imagen dura: lo que se presentó como una novedad entretenida se convirtió en un motor sobrealimentado de «slop», esa basura digital que inunda muros, resultados y comentarios con textos e imágenes inútiles, a veces grotescos. Nadie la encargó y nadie la lee con gusto, pero ocupa el espacio donde antes aparecía gente escribiendo para gente.
El debate viene corriendo desde que el buscador empezó a responder por los demás: el modo IA de Google ya había abierto la pregunta de si la web abierta sobrevive a un escaparate que resume los sitios para que nadie tenga que visitarlos. Klee lleva esa sospecha varios pasos más lejos y la convierte en veredicto: paseando por la red en 2026, plantea, queda poco que valga la pena salvar.
La bajada editorial de WIRED resume la captura en una línea: los espacios en línea quedaron en manos de unos pocos oligarcas tecnológicos y saturados de ese contenido basura, y el resultado agrava los peores impulsos de las personas. Estar conectado, plantea el autor, se volvió sinónimo de ser manipulado y explotado sin pausa, con cada minuto de atención medido, empaquetado y vendido.
Empezar de nuevo, no apagar los servidores
El título suena a apagón general, pero la propuesta del ensayo apunta a otro sitio: empezar de nuevo. No se trata de tumbar cables, sino de negarse a tratar como eterno el arreglo actual, un puñado de plataformas gigantes alimentadas por indignación programada y por contenido que ningún humano escribió. Klee no entrega el plano de la red que vendría después; su texto funciona como un acta de defunción firmada temprano, mientras el paciente sigue facturando.
Tampoco es la primera vez que WIRED firma un obituario de este tamaño. En 2010 la revista llevó a su portada «The Web Is Dead», con la tesis de que las aplicaciones cerradas le estaban comiendo el terreno a la web abierta. Quince años después la web no murió: se mudó a los teléfonos y quedó bajo la administración de las plataformas que el nuevo ensayo señala. La diferencia entre un obituario y otro está en el tono, porque el de 2010 era una crónica de cambio de formato y el de Klee es una renuncia.
La pieza lleva dos días circulando con fuerza: entró en la portada de Slashdot, se discute en programas de tecnología y ya provocó respuestas largas en blogs que defienden rescatar los rincones humanos de la red. Para quien publica en internet, la tesis incomoda porque apunta al patio propio. Un medio independiente en español compite por la misma atención que el ensayo describe como mercancía: el lector llega desde un muro diseñado para indignarlo, pasa por un resumen escrito por una máquina y quizá nunca toque la página original. El veredicto de Klee quedó fechado el 28 de octubre de 2026; la red, mientras tanto, sigue contando clics como si nadie hubiera firmado nada.
Fuente: WIRED
