Ocarina of Time Switch 2 ya tiene la reseña de The Verge, publicada este miércoles 4 de noviembre, y su tesis va más lejos del elogio fácil: el remake demuestra que la fórmula clásica de Zelda sigue viva. Andrew Webster firma el análisis un día antes de la salida, y su punto de partida es el terremoto que causó Breath of the Wild en 2017.
Aquella entrega de mundo abierto cambió las reglas: libertad total para ir a cualquier parte, soluciones inventadas por cada jugador y una audiencia que la serie jamás había tenido. Los Zelda lineales, un mundo que conecta un puñado de mazmorras llenas de puzles, parecían cosa del pasado. Nintendo, en cambio, escogió para su nueva consola el juego que en 1998 demostró que esa fórmula funcionaba en tres dimensiones.
El resultado cumple justo lo que debe hacer un buen remake, escribe Webster: conserva el centro de la experiencia original y lo vuelve más accesible para el público de hoy. La historia no cambia. Link, el niño del Bosque Kokiri, sale a salvar Hyrule de Ganondorf con una ocarina capaz de alterar el clima, mover al jugador por el mapa y jugar con el tiempo. Las mazmorras siguen pidiendo ingenio con cada objeto nuevo, y el viaje entre el Link niño y el adulto conserva todo su peso.
Una Hyrule de fantasía con actores de teatro
La diferencia más visible está en la imagen. Atrás quedaron los polígonos borrosos de Nintendo 64: esta Hyrule mezcla arte de fantasía con realismo, un campo abierto enorme que conecta pueblos y mazmorras, agua que corre con naturalidad y hierba que se mece al viento. Los personajes van por otro camino, con un estilo inspirado en los títeres y el teatro. Webster lo describe como un equilibrio difícil que el juego resuelve casi siempre: figuras exageradas, casi de caricatura, con un detalle que no desentona frente a los escenarios realistas. Su Link tiene cara de porcelana y una ropa tejida con hierbas del Bosque Kokiri.
Esa dirección de arte separa al remake de sus hermanos modernos. La línea de Breath of the Wild bebe del cine de Studio Ghibli y los juegos de vista cenital apuestan por figuras de juguete; Ocarina queda en el medio, con una identidad propia e inconfundible. La emoción también sube varios peldaños. Entrar al Templo del Tiempo y ver un único rayo de luz en la penumbra transmite una grandeza nueva, y cruzar el desierto con la arena tapando la vista convierte un paseo conocido en un momento de tensión real. La pelea contra Dark Link, en una playa desierta y con niebla, le aceleró el corazón al reseñista. Su queja visual es concreta: hay zonas frustrantemente oscuras, un mal común en los juegos modernos.
Para The Verge, más importantes que la imagen son los ajustes de control. Los primeros juegos en 3D resolvían el movimiento con soluciones torpes, y el remake las corrige una por una. La cámara es libre: se mira a cualquier lado con la palanca derecha, como en cualquier título actual, y eso ayuda a vigilar enemigos y a cazar los detalles que resuelven un puzle. Link salta cuando el jugador quiere, ya no hace falta llegar al borde marcado por el diseño de 1998. Los objetos se equipan rápido con la cruceta, sin abrir el menú de pausa a cada rato, y los Hilos del Tiempo registran las misiones para saber siempre cuál es el paso próximo.
El Templo del Agua, por fin en paz
La prueba de fuego de esos cambios tiene nombre propio: el Templo del Agua. Esa mazmorra arrastra desde 1998 la fama de calvario, con sus canciones para subir y bajar el agua y las botas de hierro que había que equipar sin parar. Webster cuenta que en el remake no lo encontró difícil en absoluto. Las botas entran y salen en un toque, la cámara deja ver con claridad cada nivel y el diseño original, por fin, se puede apreciar entero. Su conclusión sobre el templo es de las frases fuertes de la reseña: siempre fue una mazmorra bien diseñada, frenada por la tecnología de su época.
El resto de toques apunta a la misma idea de mejorar sin tocar la esencia: diálogos ampliados, canciones que se pueden tararear en el micrófono de la consola y una Navi que, por fortuna, molesta mucho menos. El contraste con el resto de la semana ayuda a ubicar este texto: la primera reseña completa, la de NPR, cerró con elogios y una sensación rara de vacío, Famitsu dejó el juego en 37 de 40 y la reseña de The Verge no trae nota numérica. Webster prefiere discutir el lugar del remake dentro de la saga.
El original sigue al alcance de cualquiera, en el catálogo de Nintendo Switch Online, y la versión de Nintendo 3DS de 2011 se mantiene vigente. Aun así, la conclusión del análisis es que esta es la manera ideal de jugarlo, sobre todo para la audiencia enorme que entró a Zelda con Breath of the Wild. Ocarina of Time llega a las tiendas este jueves 5 de noviembre, exclusivo de Switch 2, por US$59,99 en formato digital y US$69,99 en físico. Y su valor mayor mira al mañana: el remake prueba que Zelda puede ser muchas cosas a la vez, con la aventura abierta y la clásica en la misma consola.
Fuente: The Verge
