Las alternativas gratuitas a Adobe dejaron de ser un puñado de programas modestos: un solo desarrollador, Brandon Thomas, publicó ArtCraft, una suite de siete aplicaciones de código abierto que imitan a Photoshop, Illustrator, Premiere y el resto de la familia Creative Cloud, sin suscripción y sin costo. Las construyó en unas siete semanas con la ayuda de Claude, el modelo de inteligencia artificial de Anthropic, y el proyecto ya suma cerca de 50.000 estrellas en GitHub.
La suite corre en Windows, macOS y Linux, un terreno que Adobe nunca atendió por completo, y se reparte con licencias MIT y Apache, las que permiten a cualquiera descargar el código, modificarlo y aportar mejoras. Thomas, exdirector de Storyteller.ai y veterano de 15 años en la industria, escribió las aplicaciones en Rust y las describe como reemplazos de «cuarto limpio»: reconstruidas observando el comportamiento de los programas originales, sin copiar código de Adobe.
El reparto de papeles dentro de ArtCraft es directo. PhotoCraft ocupa el lugar de Photoshop, VectorCraft el de Illustrator, FilmCraft el de Premiere Pro y LightCraft el de Lightroom. La lista se completa con EffectCraft frente a After Effects, DesignCraft frente a InDesign y PdfCraft frente a Acrobat Pro. Las interfaces copian la distribución que los usuarios de Adobe conocen de memoria, con paneles de capas y herramientas en los mismos sitios, para que el cambio duela lo menos posible.
La pelea de fondo: el cansancio con la suscripción
El propio Thomas señala su motivo sin rodeos: las multas por cancelar Adobe antes de tiempo. Creative Cloud cuesta unos 55 dólares mensuales en su plan individual, y salir del contrato anual antes de la fecha puede salir caro, una práctica que el Gobierno de Estados Unidos demandó en 2024 por cargos ocultos de cancelación anticipada. Adobe aceptó este año un acuerdo de 150 millones de dólares, sin admitir irregularidades, y el tema quedó como el símbolo del hartazgo con el software alquilado.
Ese hartazgo explica la velocidad del fenómeno: en pocas semanas, decenas de miles de programadores y creadores marcaron el proyecto en GitHub y medios como Ars Technica, PetaPixel y Gizmodo contaron la historia. ArtCraft no se sostiene del aire: su financiación viene de vender acceso por tokens a su propio modelo de imágenes, el mismo que la empresa ofrecía antes de este giro hacia las aplicaciones de escritorio.
El detalle técnico también juega a su favor. Al estar escritas en Rust, las aplicaciones corren de forma nativa y ligera, sin el peso de los instaladores tradicionales, y cuentan con versiones WebAssembly que funcionan desde el navegador. Para los estudios pequeños y los creadores independientes de América Latina, acostumbrados a pagar la suscripción en dólares con tarjetas que no siempre la aceptan, una alternativa local, gratuita y sin cuenta obligatoria ataca el problema por donde más duele: el bolsillo y el acceso.
Lo que ArtCraft todavía no es
La parte que el propio proyecto pone por escrito es la que más importa. Las siete aplicaciones están en fase alfa: la documentación estima cerca de un 86 % de las funciones de uso común, alrededor de un 65 % de archivos PSD que se abren sin perder fidelidad y un 0 % de las funciones de video, con lo que FilmCraft y EffectCraft son, por ahora, una promesa con interfaz. La paridad real para que un profesional cambie su herramienta diaria se mueve, en los números del propio equipo, entre un 25 y un 35 %.
Thomas también corrigió su propio entusiasmo: su primera promesa de igualar a Adobe en un mes bajó a un horizonte de meses, y los primeros usuarios ya reportan errores en funciones básicas. Mantener siete aplicaciones creativas complejas exige ingeniería continua, pruebas y parches de seguridad, el trabajo invisible que la suscripción de Adobe sí paga cada mes.
El contraste con las alternativas abiertas de siempre también es evidente. GIMP o Inkscape tardaron años en acercarse a sus referentes y cargan con interfaces que los profesionales miran con recelo; ArtCraft nació imitando la interfaz misma de Adobe y con un ciclo de desarrollo medido en semanas, no en décadas. Esa velocidad, impensable sin un modelo de inteligencia artificial escribiendo código a tiempo completo, es la que convierte un proyecto personal en una señal de hacia dónde se mueve toda la industria del software.
El problema nuevo del software por suscripción
La pregunta que deja ArtCraft no es si estas siete aplicaciones destronan a Adobe este año, porque no lo harán. La pregunta es qué pasa con el modelo de suscripción cuando una persona con un modelo de inteligencia artificial reproduce en semanas la superficie de una suite que tomó décadas construir. El foso que protegía a los grandes del software se está haciendo más bajo, y cada clon abierto que aparece, aunque sea imperfecto, entrena a los usuarios a esperar que la herramienta básica no cueste una renta mensual.
ArtCraft seguirá creciendo en público, con su código abierto a la vista de cualquiera que quiera comprobar si las cifras de paridad suben de verdad. Para quien paga Creative Cloud por inercia, ya existe un experimento serio al que seguirle la pista antes de la próxima renovación.
Fuente: How-To Geek
Foto: How-To Geek
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